Bloqueo en Bolivia

Estamos a 2.200 metros de altura sobre el nivel del mar. Venimos exigiendo a la Mechi por un camino de montaña porque estamos yendo a conocer el Altiplano de Bolivia.

Las subidas en primera me ponen bastante nervioso y muy propenso a que el menor ruido o movimiento inesperado me exalte por demás, eso lo admito. Pero, en mi defensa, empezar a ver camiones parados al costado de la ruta, un auto cruzado y una barricada con piedras y ramas con espinas gigantes atravesadas por el camino, son realmente algo atípico.

Si a eso le sumamos que la ruta está en subida, lo que disparó en mi cabeza la imagen de la Mechi queriendo arrancar y no pudiendo por no tener el envión necesario, mis nervios están más que justificados. ¿Freno o no freno? Si, frenar tengo que frenar, pero ¿cómo? Después de algunas maniobras e intercambios de pareceres con Juli (un poquito nos puteamos), logramos dar vuelta la camioneta y volver a una explanada que hay 100 metros hacia abajo.

Me acerco caminando a uno de los camiones que vimos antes y, aunque me ignora mirando hacia otro lado, yo lo veo. Hay una persona sentada allí arriba en el asiento del conductor. Le pregunto: “¿Sabe si hay alguien haciendo el corte?”. “Están arriba, en la montaña”, me dice. Miro de nuevo hacia donde están las piedras y busco entre el monte pero no encuentro más que espinas, piedras y alguna cabra. Vuelvo hacia el camionero: “¿Y sabe si van a abrir en algún momento?”. “No se sabe, hay que descansar”, me contesta.

“Hay que descansar” repetí y me fui asintiendo hacia la camioneta. Yo: un gringo apurado por pasar para seguir turisteando, él: un camionero malhumorado al que se le ponían feas las frutas y verduras que llevaba para vender. ¿Me hubiese gustado que sea un poco más amigable? Seguro. Pero un poco lo banqué en no darme bola.

Ya en la explanada vi a una doña con un balde de pintura de diez litros y unos vasitos de plástico de colores. Estaba sola ahí sentada y se resguardaba del sol bajo un techo de paja. Fui a buscar a Juli y fuimos juntos a presentarnos.

Cuando estábamos llegando, metió uno de los vasos en el balde y lo sacó con un líquido que nos ofreció extendiendo su brazo sin decir palabra alguna. Bromatológicamente todo indicaba que debíamos rechazar la ofrenda pero no hicimos caso a nuestros parámetros de higiene alimentaria y pusimos por encima que una persona nos estaba recibiendo y ofreciendo desinteresadamente algo para tomar ante el calor del mediodía.

El refresco era de maíz y estaba buenísimo. Con señas y gesticulando mucho (que importante mirarse a los ojos cuando las palabras no significan nada) nos reímos y compartimos unos minutos. Ella hablaba una mezcla de quechua y castellano que se nos hacía muy difícil de entender.

Al rato se empezaron a acercar los otros camioneros a tomar refresco y ya nos enteramos que, según la palabra de los “bloqueadores”, iba a haber un “cuarto intermedio” a las 17hs y ahí íbamos a poder seguir nuestro camino hacia Aiquile, el pueblo al que estábamos yendo.

En ese momento eran las 12 del mediodía y los camioneros ya estaban desde las 8 de la mañana esperando. Nos llamaba la atención la paciencia de esa gente y la ausencia de quienes estaban llevando adelante la medida de fuerza del corte de ruta.

Después de un par de horas sentados ahí, no haciendo nada más que esperar, uno de los camioneros comentó que tenía hambre. Le dije que tal vez la doña le podía ofrecer comida (hace más de una hora, en un quechua inentendible para mí, vi como ella le decía algo a un adolescente que al rato volvió con una olla enorme tapada y la apoyó encima de la mesa de madera, al lado del balde con refresco de maíz).

El hombre miró a la doña y en lo que para mí podría ser quechua, guaraní o un perfecto japonés le preguntó, creo yo, si tenía algo para comer. Ella se puso muy contenta y sacó la tapa de la olla para empezar a servir en unos platos (que yo no había visto) un guiso de fideos que en ese momento fue lo más parecido a la felicidad.

Rápidamente se empezó a correr la bola entre los ya diez o quince vehículos que estábamos sobre la ruta y se armó el comedor. Me llamó la atención que la señora nunca le puso precio a lo que ofrecía sino que la misma gente daba por hecho que un plato de comida valía diez y un refresco valía uno o dos (a nosotros no nos dejó pagar el primer refresco que fue un regalo).

Ya entre guiso y traducciones de quechua al castellano y de castellano al quechua, algunos se empezaron a interesar en nuestro viaje y en nuestra camioneta. Yo fui a hacer un mate y les ofrecí conocer la casa sobre ruedas. Los tres o cuatro camioneros que habían estado compartiendo con nosotros se acercaron tímidamente, pero en seguida se animaron a sacar su celulares para filmar y filmarse en nuestra casa.

Nosotros no quisimos ser menos y los filmamos haciéndoles probar el mate. La sensación de extrañeza de “lo otro” y las ganas de querer retratarlo era mutua.

Ya eran las seis de la tarde y no pasaba nada. Un camionero bastante mayor (que era el que nos había dicho que los bloqueadores se habían comprometido con que a las cinco abrían) se fue solo caminando entre las piedras y las ramas. Nosotros ya no teníamos muchas esperanzas y nos imaginábamos pasando la noche en el lugar.

Estábamos charlando con unas personas que acababan de llegar caminando desde “el otro lado del bloqueo” y ofreciéndoles cargar su celular en nuestra camioneta, cuando escuchamos un grito de “abren, compañeros” y acto seguido pasaron tres camioneros corriendo hacia sus vehículos.

Yo salí corriendo hacia la camioneta y Juli corriendo hacia Clorinda (la señora que nos recibió y con la que compartimos toda la tarde) para pegarle un abrazo que la agarró por sorpresa, pero que respondió con fuerza y una sonrisa. Puse en marcha la camioneta mientras Juli acomodaba las cosas de la casa y arrancamos.

Ya el sol se estaba escondiendo pero nos convencimos que, yendo despacio y con mucho cuidado, no era tan grave viajar de noche.

No viene al caso de esta historia pero fue una hora muy estresante. Camino de montaña, curvas y contra curvas y en plena oscuridad. Ya faltaban seis kilómetros cuando empezamos a ver que el camión que teníamos adelante comenzó a frenar y vimos que delante de él había otro, y delante otro y otro y otro. Todos estaban con las luces y el motor apagado. No quedaban dudas. Otro bloqueo.

Apagamos la camio y bajamos a caminar para ver hasta donde llegaba la fila. Cruzamos a nuestros vecinos de la tarde acomodándose para dormir: algunos en sus asientos, otros en camas adentro del camión y un par hasta improvisaron camas en la ruta, debajo del camión y con algunas frazadas. Debíamos ser al rededor de veinte “movilidades” (como le dicen en Bolivia) las varadas en la ruta.

Al final de la fila (o mejor dicho al principio) nos encontramos con la misma metodología: piedras y unas ramas enormes con muchas espinas, ninguna persona. Esta vez, por ser ya de noche, se podía ver algunas linternas encendidas en la montaña: “los bloqueadores”.

Según la información que recabamos en la caminata, esta mañana habían abierto “por la fuerza” el bloqueo y a los muchachos de la montaña mucho no les había gustado. Por este motivo fue que una lluvia de piedras cayó desde el cerro generando algunas roturas de parabrisas o aboyaduras de colectivos y camiones. El panorama no era para nada esperanzador.

Nuestro grupo (que recién empezaba a conformarse como tal) tenía claro que cruzar a la fuerza no era una opción. Mañana buscaríamos a través del diálogo llegar a un “cuarto intermedio” como lo había hecho Evaristo en el bloqueo anterior.

Volviendo a la camioneta, me crucé al primer camionero del mediodía. Me repitió las mismas palabras “hay que descansar” pero decían cosas muy distintas. No había hartazgo sino sonrisa y un saludo genuino. Al igual que hace unas horas, repetí: “hay que descansar” y sentí que ya no éramos dos extraños sino que algo, por más chiquito y fugaz que fuera, nos unía.

Cinco de la mañana sonó el despertador y comenzamos el ritual que transforma nuestra cama en un sillón y nuestra camioneta en un espacio más grande y más habitable. Para las 6 ya estábamos con el mate hecho y charlando afuera con los dos camioneros que estaban detrás nuestro en la fila. Ellos nos comentaban que Evaristo había traído la noticia de que iban a dejarnos pasar a las cinco de la tarde.

En eso estábamos cuando se acercó Fernando y, sin muchas vueltas, dijo que había que empezar a limpiar el camino “para que los bloqueadores aparezcan”. Andrés agregó que a quién se le ocurría hacer un bloqueo y no bajar a dar la cara para explicar las razones: “Uno puede entenderlo y hasta incluso apoyarlos pero que den la cara por lo menos. Y que nos acerquen agua y comida si pretenden que estemos todo el día otra vez”.

La paciencia se empezaba a agotar. El día anterior habíamos podido almorzar gracias a Clorinda pero el segundo bloqueo nos encontró en el medio de la nada y no hubo cena anoche ni desayuno hoy para muchos.

“Pues vamos entonces” arengó Fernando mientras encaraba hacia el frente de batalla, digo de la fila. Dejamos el mate y enfilamos nomás. Seríamos seis o siete los que empezamos a mover las piedras y las ramas al costado de la ruta. Este bloqueo era mucho peor. Más de 400 metros con piedra enormes y una cantidad gigante de ramas con muchas espinas que hacían muy difícil agarrarlas y correrlas del camino.

Ya íbamos casi cien metros de camino limpiado cuando llegamos a un lugar donde estaban nuestros “negociadores”: cuatro camioneros que habían pasado la noticia de que el corte se abriría a las cinco. De a poco empecé a entender que Fernando nos había coptado y sumado a una especie de facción más revolucionaria que no estaba dispuesta a aceptar lo ofrecido por los bloqueadores.

“Ya dejen de limpiar” dijo Evaristo en un tono de súplica como acostumbran los bolivianos. Automáticamente acaté la orden de mi superior y recién ahí vi que en el cerro había alrededor de veinte personas. Allá bien en lo alto gritaban y gesticulaban. A los segundos se escuchó una explosión. No sé qué fue pero el ruido fue similar al de una bomba de estruendo. Los compañeros dijeron que fue dinamita y que se trataba de un aviso de que no avancemos más con la limpieza del terreno.

“La facción revolucionaria” no arrugó ni un poquito. Dejaron de limpiar pero para empezar a gritarles a los de la montaña: “no tenemos agua ni comida”, “bajen a dar la cara”, “hay niños y bebés con hambre”. Esta última frase la gritó Juli y hacía referencia a una familia con tres hijos a los que la noche anterior les acercamos leche, avena y algunas frutas ya que estaban en un auto particular sin nada para comer: ni ellos ni sus hijos.

Si bien la palabra de Evaristo fue respetada y nadie siguió limpiando, se empezaron a escuchar algunas voces de disidencia: “no podemos esperar hasta las cinco”, “¿quién nos garantiza que nos van a dejar pasar?”, “ayer hicieron lo mismo y después no abrieron nada”. Cabe aclarar que la mayoría de la facción más contestataria estaba compuesta por personas varadas en el medio de la nada desde la mañana del día anterior mientras que Evaristo y “los negociadores” habían llegado con nosotros en la noche.

Estábamos en esas discusiones internas cuando vimos que uno de los “bloqueadores” caminaba cerro abajo. “Es que están haciendo el cambio de turno” dijo uno de los nuestros. Eran las 7 de la mañana.

Después de unos minutos llegó a la ruta el paisano que estaba terminando su turno. Tengo que confesar que no se parecía a la figura que yo me había hecho de un bloqueador, más parecida a un zapatista con pasamontañas y ametralladora que a este hombre con carita de bueno y un morral, que se acercaba con preocupación a otras quince personas con hambre y sed por culpa de su bloqueo.

“Con calma compañeros” dijo uno cuando veía que algunos otros se abalanzaban sobre el bloqueador. Todo fue mucho más pacífico de lo que me imaginaba. Esta persona resultaba muy permeable a las demandas de quienes a esta altura ya eran mis compañeros. Asentía de manera genuina y decía que tengan paciencia que a las cinco se iba a liberar. “La paciencia ya se agotó” le decían, “hay niños, hay hambre”.

Todo transcurría en un sinsalida de reclamos, asentimientos y pedidos de paciencia hasta que el paisano cometió el error de decir que él no podía decidir nada, que el que definía era su jefe. “Bueno andá a llamarlo entonces porque ustedes se van a su casa, comen, descansan y nosotros seguimos acá”. Si bien el tono era amigable se daba por sentado que el paisano no iba a poder pasar y que, por las buenas o por las malas, iba a tener que volver por donde había venido.

Para este momento ya habían pasado más de quince minutos y los bloqueadores por fin se dignaron a bajar en auxilio de su compañero. Alguien de afuera podría decir que “teníamos a uno de los suyos”. La verdad es que se había regalado un poquito. También tengo que admitir que cuando vi que bajaban del cerro un poquito se me aflojaron las piernas.

Como si fuera Gandalf en el señor de los anillos, usando el sol para encandilar a sus enemigos en la batalla, el jefe de los bloqueadores (secretario general provincial o departamental de un sindicato según nos contaron después) se paró con el resto de los suyos sobre un pequeño cerro a cinco metros de altura por sobre la parte de la ruta en la que estábamos nosotros de forma tal que solo veíamos sus sombras. El sol nos encandilaba y no nos dejaba verlos bien. La escena realmente era de película.

Nos dijeron que tengamos paciencia. Mis compañeros respondieron con los mismos argumentos que antes gritaron y ellos volvieron a insistir con que tengamos paciencia. Cuando se armaba mucho griterío, uno de los bloqueadores tiraba una piedra con su gomera para que impacte contra el guardarrail de la ruta haciendo un ruido ensordecedor e intimidante y acto siguiente, después del silencio, volvía a tomar la palabra el jefe o alguna chola de las que lo acompañaban.

No hubo caso. Entre las piedras, la puesta en escena del sol y la altura nos dieron la sensación que nada podíamos hacer más que acatar y esperar, sin certeza alguna, a que sean las cinco de la tarde. Para este momento eran las 7.30am.

Los bloqueadores volvieron a subir a lo más alto del cerro y nosotros quedamos refunfuñando y soltando algún que otro grito de bronca. No sé quién pero uno de los nuestros dijo: “tenemos que juntarnos con los del otro lado”, “si nos juntamos somos muchos más que ellos”.

Sin más empezamos a caminar para “el otro lado del bloqueo”. Llegamos y nos encontramos con otros “bloqueados” como nosotros. Les contamos lo sucedido y ellos nos contaron que también habían pasado algo similar ayer. En eso estábamos cuando (a esta altura me doy cuenta que así siempre suceden las cosas: uno se inspira con una idea y otros tantos acompañamos) algún compañero camionero dijo: “que no pase más nadie, o todos o nadie” y empezó a juntar más ramas y más piedras impidiendo el paso para motos y para personas a pie. Hasta ese momento muchas personas cruzaban de un lado al otro haciendo transbordo entre taxis y buses que habían encontrado un pequeño gran negocio.

Instantáneamente se armó una pequeña escaramuza con dos motos que querían pasar, aduciendo que tenían que ir a trabajar. “O todos o nadie” repitió el compañero a la altura del mejor asesor de marketing, instalando la frase en todos nosotros y generando algo hermoso. Lo repetíamos una y otra vez mientras sumábamos más piedras y más ramas. En instantes pasamos de bloqueados a bloqueadores.

Los verdaderos bloqueadores escucharon los gritos y se empezaron a asomar por el cerro y hasta tiraron algunas piedras. “No estamos limpiando, estamos garantizando el bloqueo, acá no pasa ni un alma más” gritó un compañero con una gorra muy parecida a la del chavo del ocho. “La puta que vale la pena estar viajando” dije para mis adentros.

A los pocos minutos se empezaron a escuchar gritos que venían desde arriba. Hubo un poco de confusión y gritos cruzados hasta que logramos coordinar los silencios (los bloqueadores estaban muy arriba y por lo tanto el sonido tardaba en llegar y parecía una videollamada con dilay). El jefe de los bloqueadores habló: “que suban dos por lado”.

Se abría una nueva negociación. “Que venga el gordo”. Aunque parezca mentira, el jefe dijo literalmente eso. Y automáticamente Leo, “el gordo” dio un paso al frente y, yo creo que cegado por su momento de gloria, empezó a encarar para arriba del cerro.

Le dijimos que espere, que no vaya solo. En pocos segundos se eligieron a tres personas más que, a esta altura solo eran testimoniales o guarda espaldas de “el gordo”, de aquí en adelante nuestro líder. Vale aclarar que “el gordo” había tenido un par de buenas intervenciones en la escena dantesca del sol, demostrando la dosis justa de plantarse sin pasarse de rosca y de ser respetuoso sin ser un cagón. Esto claramente hizo que el jefe de los bloqueadores lo vea como un buen interlocutor.

Media hora después (el cerro era alto) volvían “el gordo” y los demás. Los dos representantes del “otro lado” fueron hacia el encuentro con los suyos y nosotros caminamos junto al gordo hacia nuestro sector, abandonando el fugaz bloqueo permanente que habíamos logrado mantener durante 33 minutos.

“Tenemos cuarto intermedio” dijo el gordo. Ya con esas palabras se ganó mi corazón. “La condición es que tenemos que limpiar el camino nosotros y después de pasar tenemos que volver a bloquearlo”. “Como garantía de que lo vamos a hacer, ellos se van a quedar con nuestras licencias”. En ese momento realmente pensé y sigo pensando que con el gordo al frente podríamos recuperar las Malvinas.

“Ah y no se asusten ni se enojen pero ellos van a estar filmando todo como garantía de que no va a haber agresiones ni de un lado ni del otro”. Yo no podía creerlo. “Y entonces qué hacemos?” Dijo uno y, no me van a creer porque parece guionado, pero el gordo abrió los brazos y dijo: “Y qué vamos a hacer? Ahora hay que trabajar”. Nos reímos todos. Claro. Ahora había que limpiar 300 metros más de camino bloqueado. Pero con la mejor de las ondas.

Al final no sé qué pasó pero nunca nos pidieron la licencia, cuando terminamos de limpiar corrimos a nuestros vehículos, los encendimos y cruzamos el bloqueo. Al día de hoy todavía pienso que me gustaría tener el contacto de alguno de esos compañeros con los que vivimos menos de 24 horas pero que fueron tan intensas y tan de película que necesitaba contarlas por acá.

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