Bautismo II

¿Qué hora es? ¿Va a hacer frío hoy? ¿Dónde queda el Claro? ¿Hiciste la denuncia de las cuentas de Mercado Pago? ¿Y las tarjetas? ¿Avisaste a tu familia? ¿Cuánto sale el celular más barato? Algunas de las preguntas que nos hicimos cuando nos despertamos. Todas tienen en común que el primer lugar donde vas a buscar la respuesta es el celular. Juli no tenía, yo tampoco.

Tampoco fue tan grave ni tan imposible. Teníamos una computadora, teníamos wifi en la casa de nuestras amigas y, por suerte, también teníamos una tarjetita con la dirección del estacionamiento donde habíamos dejado la camioneta. No armamos un excel pero casi. Establecimos prioridades, organizamos el día y arrancamos.

El primer paso fue prender la tele para saber qué hora era. El segundo salir al patio a ver si hacía frío. Nada mal para nuestros primeros minutos sin celular. El tercero -y el que nos “devolvió” al mundo de la virtualidad del cual nos habíamos ido hace menos de 24hs- fue ir a un Claro y comprar el celular más barato que había.

Celular en mano pudimos ir encaminando todo. Nuestras amigas se volvían a Capital Federal así que nos teníamos que mudar de “casa para ranchar” con nuestra carpa rodante que era la Mecha en ese momento.

Entre trámites y avisos se hicieron las cuatro de la tarde y ya teníamos que ir a buscar la Mechi antes de que nos cobren por pasarnos de las 24hs. De vacaciones sí, pero tampoco estábamos para derrochar y menos ahora que “los muchachos del recital” habían decidido unilateralmente quedarse con nuestros celulares. 

Hablamos con Abi. Nuestra amiga nos podía recibir en su casa real, con baño y cocina, para que nos acomodemos un par de días mientras veíamos cómo comprábamos otro celular -ya no el más barato- que nos permita filmar y sacar fotos que no espanten a nuestra comunidad.

Los planes iniciales eran salir en los días siguientes hacia la costa porque allá se iba a disputar la Copa Fútbol Rock Mar del Plata, torneo del cual participó -y salió campeón- el Club Atlético Neuquén. Nuestra intención era ir a pasar el fin de semana con el equipo que yo entrenaba hasta hace un mes y despedirme de las jugadoras y mis amigos del cuerpo técnico. Las intenciones quedarían en sólo eso porque al salir del estacionamiento notamos que nuestra Mecha, que como ya saben no era casa del todo, ahora tampoco estaba en condiciones de funcionar completamente como transporte. El síntoma: pérdida de agua. El diagnóstico -al que obviamente llegamos recién al día siguiente con la ayuda del grupo emebero de guasap-: bomba de agua fundida.

La Mechi no nos dejó tirados en la ruta y se bancó los 1.200 kilómetros en dos días para llegar a La Plata pero una vez que se relajó por el objetivo cumplido, nos exigió cambio de bomba. Nada grave pero se iban sumando contratiempos y el comienzo del sueño de vivir en un motorhome no se parecía mucho a lo que habíamos imaginado.

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