Día 6. Abro los ojos y tardo unos segundos en darme cuenta que estoy en la Mecha y que ya arrancamos el viaje. Me toma otros segundos orientarme: estamos estacionados en la puerta de la casa de Abi, una amiga que nos abrió las puertas de su casa en La Plata para bañarnos, cocinar, ir al baño y todas las cosas que todavía no podemos hacer en nuestra casa sobre ruedas. El plan de hoy es ver por qué está perdiendo agua nuestra camioneta.
Mientras Juli sufre viendo los precios del nuevo celular que vamos a tener que comprar, yo me preparo para lo que va a ser mi primera “metida de mano” en la mecánica de la Mecha. Ya pedí auxilio en el grupo de guasap y tres amigos distintos, que hicimos en estos años de camperización, están pendientes de sus celulares para auxiliarme.
El apoyo es técnico y emocional. Si bien hicimos un curso de mecánica con Juli, y entendemos de alguna manera la parte teórica, esto ya es diferente. Estoy frente al primer examen. Enciendo el motor de la camioneta. Acto siguiente subo la palanca del capot (que a esa altura todavía me tomaba unos segundos encontrar por la falta de práctica), miro por el espejito retrovisor antes de abrir la puerta -si, recuerdo todo paso a paso porque a cada movimiento sentía que iba a romper algo, que algo iba a salir mal- y me dirijo al frente de este armatoste de chapa, hierro y caucho que llamamos cariñosamente Mechi y por alguna razón no está funcionando como debe.
Queriendo llorar y estar de nuevo en Neuquén con nuestro amigo Aníbal para que nos solucione todos los problemas, me tiro abajo de la Mecha. Estoy estrenando celular -el más barato que habíamos encontrado el día anterior- y llenándolo de grasa mientras intento hacer videos y fotos para consultar con gente que entienda algo de todo esto con lo que me encontré abajo de nuestra camioneta. El objetivo: determinar por qué nuestra camioneta pierde agua. Pero primero tengo que despejar y entender un mundo de cables, mangueras y correas escondidas atrás de grasa, mucha grasa.
Después de un par de horas, que incluyeron un paso a paso de ir descartando mangueras, radiador y termostato, llegamos a una conclusión junto a mis amigos/asesores/sostenes emocionales: el problema es la bomba de agua. Hay que cambiarla y por más que todos los participantes de la video-llamada se ofrecen a ayudarme virtualmente, descarto categóricamente la posibilidad de hacerlo con mis engrasadas y poco curtidas manos. Me pasan el contacto de un mecánico y empiezo a averiguar precios del repuesto.
Son las seis de la tarde del día seis de viaje. Reunión con Juli. Resoluciones:
1. Con la gran ayuda de nuestra familia compramos un celular nuevo que intentaba acercarse a la calidad del que se habían llevado los sujetos con los que compartimos la entrada al recital.
2. Con lo que teníamos para el resto del mes compramos una bomba de agua. ¿Qué tenían en común las dos compras? Que eran por internet y que las íbamos a recibir recién el jueves.
3. Turno en el mecánico para el viernes y viaje a Mar del Plata descartado de nuestro itinerario.
Lo que siguió esos días fue muy intenso. Nos llegaron cientos de mensajes preguntando qué nos había pasado. Cientos de personas que no conocíamos estaban preocupadas por nosotros y eso nos hizo dimensionar un poco la comunidad que se había generado. Intentamos hacer un video lindo para las redes contando lo que había pasado y después de varios intentos nos dimos por vencidos. El video no nos salía si queríamos que sea lindo e instragrameable. El video era triste y abajo porque nosotros estábamos tristes y abajo.
El viernes -Día 9- llevamos la Mecha al mecánico y para la tarde ya nos habían cambiado la bomba de agua. Entre repuesto y mano de obra, sumado a la compra de los celulares sustraídos que tuvimos que reponer, estábamos completamente secos. Nos pusimos como objetivo feriar sábado y domingo para poder recuperar algo. La feria fue un éxito. No podíamos creer la cantidad de personas que se acercaban porque seguían nuestro viaje en las redes y querían colaborar y conocernos. Facturas para el mate, sanguches para la hora del almuerzo y una luz de emergencia hermosa. Nos ofrecieron hasta un celular.
A todo esto se sumó una “avalancha de cafecitos” que nos dio un empujón económico enorme e innegable pero que, al igual que los regalos, fue incluso igual de importante en cuanto a lo anímico y emocional. Esos días sentimos como un montón de personas tomaban nuestro viaje como propio y nos abrazaban para que no aflojemos.
A todo esto hay que sumarle a Guille y Jori. Dos personas que desde Rosario nos dijeron: “chicos vénganse y para antes de navidad les terminamos el baño y la conexión de agua”. Hoy a la distancia lo podemos ver pero en ese momento todavía no caíamos y no entendíamos todo lo que nos había pasado en los primeros 10 días de viaje. Como tantas veces nos iba a seguir pasando, los planes volvían a cambiar.
Próximo destino: Rosario. En tres días teníamos que poner en condiciones a la Mecha para volver a Buenos Aires a pasar las fiestas con nuestras familias.



