Comienzo del viaje

Para contar una historia dicen que lo más simple es arrancar por el principio. Con Juli nos cuesta porque nos gusta darle una vueltita más a todo. Siempre decimos que nuestro viaje no empezó la primera noche que dormimos arriba de nuestra casita armada sobre cuatro ruedas. Tampoco nos convence determinar como «principio» el día que firmamos unos papeles que nos acreditan como propietarios de una Mb180 modelo 96. 

Nos gusta ir un poquito más atrás todavía y elegir un domingo de Agosto de 2018. En principio era uno de esos domingos de fiaca destinado a quedar perdido en el recuerdo de los tantos domingos de desayuno en la cama, maratones de Netflix y mates mirando algún partido de fútbol, pero a Juli se le ocurrió compartir algo que venía maquinando hace unos días.

“Y si nos vamos? Lo haría en un motorhome para recorrer el continente, sin tiempos”.

Así como ustedes tuvieron que volver un renglón hacia arriba a leer la frase, yo tuve que rebobinar en mi cabeza porque no creía haber entendido bien la propuesta. La repitió como si la falla en mi comprensión viniera por la pequeña sordera de mi oído derecho. No, claro que escuché, le dije, pero no me podés estar hablando en serio.

La Mechi antes de ser «La Mechi»
Así era por dentro

Al rato me empezó a mostrar videos de personas que viajaban por el continente y no de vacaciones. Personas que vivían viajando, que trabajaban en el camino. Si bien me seguía pareciendo una locura, ya tenía que admitir dos cosas: que hacerlo no era imposible y que me estaba hablando en serio. A nuestra manera y con nuestros tiempos sí, pero si queríamos hacerlo, podíamos. Mientras yo seguía en shock pero empezando a creerlo posible, ella empezó a buscar vehículos, sus pros y sus contras, las “comunidades” que existían alrededor de algunos modelos, etc.

Armamos nuestro primer planito de cómo queríamos que fuera nuestra casa sobre ruedas sin saber siquiera qué vehículo íbamos a comprar. Juli averiguaba y veía que las kombis eran medio chicas pero que existía una comunidad muy grande y muy hermosa que garantizaba mecánicos, repuestos y compañía: un combo de ventajas que nos entusiasmaban mucho.

La manija ya estaba. Ahora había que empezar a pensar en posibilidades concretas. ¿Con cuanto presupuesto contábamos? Vendiendo el auto que teníamos (un Suzuki Fun modelo 2006 que todavía extrañamos) y todos los muebles y electrodomésticos del ph que alquilábamos, nos alcanzaba para algo viejito y sin camperizar. El proceso de armado iba a tardar más de lo que planeábamos.

En ese proceso de búsqueda y empezando a ordenar un poco los pasos a seguir estábamos cuando apareció el Laucha: un amigo de Juli de Ensenada que tenía una mb180d modelo 96. Él la había armado hace algunos años para salir a viajar pero el proyecto había cambiado y ahora necesitaba venderla y comprar un auto. Ni lo dudamos. No sabíamos nada de todo lo que después fuimos conociendo de la comunidad emebera, que hoy nos contiene y acompaña cada día, pero la oportunidad era irrechazable.

Los dos coincidimos en algo enseguida: hacer esta locura en Buenos Aires, en esas condiciones, era imposible. No llegábamos a fin de mes, no teníamos espacio donde armarla ni el tiempo para hacerlo. Tampoco dábamos más. Estábamos siempre cansados, siempre al palo, siempre tarde, siempre durmiendo poco y viéndonos menos. Así decidimos irnos a Neuquén, donde vive mi familia.

En dos meses vendimos todos nuestras pertenencias -salvo ropa y libros- y con esa plata, más nuestro suzuki en modo de pago, pudimos encender la Mecha un 28 de diciembre de 2018. No era una joda del día de los inocentes para nuestras familias. Era real. El 29 de diciembre estábamos en la ruta camino a la Patagonia.

A minutos de subirnos por primera vez
Rumbo a Neuquén

Fue un viaje de 22 horas y ahí entendimos que, a partir de ahora, íbamos a 60 kilómetros por hora. Bajamos un cambio. Nunca tan literal.

Ese viaje nos curtió con un diluvio extremo en Mercedes, una tormenta de granizo en Santa Rosa, ráfagas de 100 kilómetros por hora en la Ruta del Desierto y un sueño que nos hizo cantar a los gritos “Pies Descalzos” cuando hacíamos el último tramo y ya ningún aparato tenía batería. También descubrimos que teníamos goteras y que calentaba el motor. Era la primera vez que manejábamos La Mechi y tuvimos que hacer 1200km.

A las 2 de la madrugada del 30 de Diciembre llegamos a nuestra nueva casa, la de mis viejos, que nos albergaría por lo que iba a ser casi tres años de camperización. Tres años en los que pasamos de no saber cambiar ni un foquito de luz a hacer una instalación eléctrica, y de no saber lo que era un taladro a construir nuestros propios muebles. A pesar de estar quietos, fueron tres años en los que el viaje y las personas que nos acompañaron ya nos empezaron a transformar.

Comentar

Colaborar